martes, 10 de mayo de 2011

El regalo

En el preciso momento en el que noté como se abría una fisura en esa coraza invisible que todos nos empeñamos en tejernos en mayor o menor medida para defendernos de los ataques imprevistos a nuestra imperfecta humanidad, no sentí debilidad ni vulnerabilidad algunas. Mi alma se sonrió a sí misma y se hizo tan nítida y palpable que creía brillar por dentro. Me hice grande y fuerte, y mi carne se volvió blanda y translúcida, capaz de soportar sin inmutarse lo más mínimo a que la traspasasen del modo más cruel jamás concebido. En aquel momento habría dado igual. 
Ocurrió en el preciso momento en el que mi madre cambió el tema de conversación aprovechando que estábamos hablando de todo un poco. De todo sobre lo que normalmente no se habla. Pasó cuando nombró a mi difunto padre y al que no me gusta que ella me nombre dada la fragilidad del momento y los sentimientos. Debido a la ausencia que sería palpable para siempre y que aquí, aunque de maneras distintas, todos sentimos. 
Y pasó porque al hacerlo ella sonrió. De una forma distinta a las anteriores que me animó a seguir la conversación sin tener que hundir la cabeza para no recordar momentos dolorosos. 


"Estoy muy orgullosa de todas mis hijas y no me arrepiento jamás de ninguna de vosotras. Tu padre no tenía hermanos, ni tíos." me dijo. "Ni tampoco padres claro, tu no llegaste a conocer a tus abuelos. Yo ya tenía tres niñas cuando le conocí, pero él estaba solo. Su apellido se quedaría con él. Su sangre no perduraría, su carne, todo él. Yo no tenía nada para darle. No tenía ni dinero, ni terrenos ni posesiones valiosas. Sólo estaba yo con mis tres hijas y quería darle algo. Algo valiosísimo e importante que fuera solamente suyo. Y le di una hija, tú. Tú fuiste el regalo que le hice para agradecerle que apareciese en mi vida. Eres el significado y la representación de todo lo que me quiso y de todo el amor que me dio. Y eres maravillosa."



sábado, 7 de mayo de 2011

Una grieta en las sábanas

Cuando el cuerpo yacía sin vida y violentamente mutilado sobre la espesa alfombra que absorbía lentamente la sangre rezumante, la barra de hierro que había utilizado resbaló mal colocada por la pared y golpeó uno de los estantes con libros. Algunos de ellos se vinieron al suelo y uno cayó sobre el cadáver. Ulises lo recogió con calma y miró la tapa cubierta de sangre. Leyó el título escrito en letras plateadas: "Una grieta en las sábanas". Ulises sonrió. Había leído aquella novela de detectives hacía varios años y recordaba que la historia central giraba en torno a la vida de un psicópata asesino caníbal. Con el libro en la mano arrojó nuevamente la vista al cuerpo desmembrado con el que se había cebado y sosegado su histeria paranoide. Entonces su sonrisa se volvió una sádica y diabólica mueca de diversión. Había tenido una idea.




Carbón quemado

Habían pasado ya varios meses desde que el joven minero había dejado sepultada la carne y la vida bajo un desafortunado accidente en aquella grieta subterránea. Un desprendimiento fatal que habría podido evitar si hubiera tenido la perspicacia de interpretar todas aquellas coincidencias y sucesos extraños acontecidos horas antes de la muerte, y que cuidadosamente leídos después habían parecido ser un detallado mapa avisando de lo que iba a pasar. Ese tipo de cosas que uno ve si quiere justo después de que todo pase, y que la costumbre popular las convierte en una perfecta y meticulosa red conspirativa del destino.


Sus cinco huérfanos seguían acostándose temprano y se dormían solos sin el beso de buenas noches que su padre les daba antes de ir a trabajar. La casa estaba lúgubre. Los niños guardaban un riguroso y estricto luto impuesto por una viuda fanática y desorientada.
Y sin embargo había algunas cosas y otras costumbres que no se habían disuelto junto con la irrecuperable pérdida.



El único varón de los hijos y el segundo mayor de los cinco contaba con catorce años y dormía solo en el primer cuarto de la casa, el más próximo a la puerta de entrada. Cuando su padre vivía e iba a trabajar. Era el último en recibir el beso de buenas noches, y el primero en recibir el de bienvenida cuando volvía del trabajo y repetía la misma operación, esta vez con la ropa sucia impregnada en sudor, tierra y carbonilla.
Durante aquellos meses después de su muerte, el niño se había estado despertando todas las noches cerca de la madrugada de un sobresalto. Una presión en el pecho le impedía respirar y pegaba un brinco en la cama volviendo en sí. Cuando abría los ojos oía la cerradura de la puerta de la calle y a alguien fuera haciéndola saltar con una llave. Se abría despacio y después se cerraba. Acto seguido la manilla de su puerta se movía lentamente, se desencajaba y la puerta se abría despacio como si alguien quisiera entrar sin despertar a quien morase dentro. 


El niño lloraba todos los días y corría junto a su madre y despertaba a sus hermanos. Decía que el fantasma de su padre volvía todas las noches de trabajar y pretendía entrar en su cuarto. La respuesta a aquello era el contagio del miedo a sus otras hermanas, y una explicación cansada y triste de una madre diciéndoles que su padre quería despedirse de ellos. Sólo una de las hijas sentía interés por aquello.


La niña en cuestión tenía tres años menos que su hermano, y al contrario que los demás no sentía ese temor de saber que un alma en pena recorría los pasillos de la casa. Se preguntaba por qué su hermano le tenía miedo a su padre. Él jamás les había hecho daño alguno en vida, ¿por qué iba a hacerlo ahora? ¿Y por qué querría despedirse sólo de él? Cruzaba los brazos enfadada y celosa de aquella absurda predilección entre hijos.


Aquellos hermanos vieron pasar los años, y la niña, ya adulta, encontró la respuesta a su pregunta. De vez en cuando se acordaba de su padre y le añoraba. De vez en cuando soñaba con él, cada cierto tiempo durante todos los años que vivió después. En uno de aquellos sueños su padre, ya un hombre anciano, llamaba a su puerta una tarde primaveral, se saludaban con alegría y salían al patio a tomar algo sentados al sol donde charlar tranquilamente de cómo les había tratado la vida en las últimas dos semanas.
Un día cualquiera regando las plantas del jardín la mujer recordó ese sueño y se sonrió a si misma. Perdonó a su hermano y se perdonó a sí misma por haberse sentido celosa. Su padre jamás había entrado en su habitación a despedirse de ella porque en realidad jamás se había ido. 
Estaban envejeciendo  juntos.



viernes, 1 de abril de 2011

El cauce

Recuerdo una historia con preocupante frecuencia cada vez que me preguntan si recuerdo alguna anécdota interesante o inquietante, o alguna leyenda urbana o historia popular. Después de mantenerme unos segundos en silencio tratando de averiguar si puedo verter algo de sensatez a una improvisada noche de brujas poco profesional, esbozo sin querer una sonrisa mediada, algo amarga y nerviosa, pero ansiosa al mismo tiempo. "Tengo una historia que contar" anuncio triunfalmente sabiendo de antemano que participaré en la recreación de aquel ambiente turbulento. Y con un poco de suerte nadie me interrumpirá.


Una calle empinada en pleno centro de una ciudad era iluminada por las luces de los coches que subían y bajaban, cerca de la media noche. Era habitual era ver como un automóvil aceleraba cuando el semáforo se ponía en ámbar. Lo lógico sería aminorar la marcha y detenerse porque todos sabemos que vamos a tener que parar, pero la teoría tan sólo existe para que seamos conscientes de que lo que hacemos está mal.
Un coche aceleraba en el último momento cuando el color se fijó en el naranja, justo cuando comenzaba la empinada bajada. Las luces de los faros quemaron el asfalto brillante por las farolas y la demás iluminación de los edificios, y un coche que subía se percató de que algo no iba bien. El auto que bajaba estaba yendo a toda velocidad invadiendo su mismo carril. La esposa del conductor, que viajaba a su lado, tocó el brazo de su marido y dijo suavemente su nombre tratando de avisarle del peligro para que se apartara. El coche ascendente giró suavemente y se apartó lo suficiente para evitar un accidente y continuó su camino. Sin embargo a los pocos segundos oyeron un fuerte estruendo metálico. Por sus cabezas cruzó rápidamente la idea del coche que bajaba a toda velocidad perdiendo el control y chocándose frontalmente. 


Inmediatamente, nada más llegar al final de la subida, el matrimonio paró el vehículo y se bajó de él para averiguar qué había ocurrido. Más abajo, detrás de un telón de gente que rápidamente se había agolpado al rededor de la carretera, el coche que había ido peligrosamente por el carril contrario se encontraba en medio de la vía totalmente deshecho. Como un acordeón de hierro mascado. Milagrosamente el conductor había salido ileso y, nervioso, se dirigó rápidamente hacia la pareja que bajaba para comprobar lo sucedido. En sus manos llevaba los papeles del seguro y temblaba y sudaba espantado.


En principio nadie comprendía qué había ocurrido exactamente, pero después de saber que el joven se encontraba bien, todo el mundo se centraba en el matrimonio. Este no comprendía qué estaba pasando hasta que el muchacho les dijo incrédulo: "Pero he chocado contra vosotros..."
El conductor frunció el ceño y miró hacia arriba, a la carretera, y le señaló su coche aparcado en lo alto.
Todo el mundo en la calle momentos antes se había llevado las manos a la cabeza al ver como claramente los dos coches colisionaban frontalmente. Sin embargo en medio de la carretera sólo estaba el del joven.


El matrimonio volvió a subir andando calle arriba y se metió en el coche sin participar más en aquella discusión. El hombre, pálido y con una evidente expresión de incomodidad, pidió que jamás se volviera a hablar de aquello. Nunca.


Después de contarlo asiento con la cabeza y miro a mis compañeros. Los más emocionalmente sensibles tratan de ponerse en la situación y otros intentan averiguar si hay más historia. Yo abro la boca con predisposición a decir algo más pero una nueva media sonrisa, esta vez victoriosa, me silencia. "Bueno..." mascullo "Y eso es todo."
¿Me creerían si les dijera que aquel matrimonio se trataba de mis padres, y que aquello había ocurrido 5 meses antes de que yo naciese?

Cartas desde un campamento guerrero -Cap.2-

Buenos días, rezaba el caballero.


Buenos días, amada mía, y el caballero sonreía.


En su pierna golpeaba la funda vacía de una espada vacía. La humareda le dibujaba la silueta de quien quería. Alargaba las manos quemadas y feliz le decía:


Ya casi estoy amada mía. Como cada noche en sueño te prometía. No habrá guerra que me impida buscarte, en vida, en la hora de la victoria, ahora que es un nuevo día. Ese sol que brilla y busca tu ventana por encima de las colinas es mi alma adormecida. Ya voy amada. Acude al balcón donde ayer te quería, subiré alargando mi mano, y mi victoria como regalo, brindaré con la mano tendida.


Mas el cegado caballero no veía, no entendía. Las siluetas en la humareda desaparecían. En amor se disolvía. Y la espada ausente a su victoria no respondía. 
Alargaba las manos ennegrecidas a los fantasmas que quería.


Buenos días, amada mía, el caballero siempre decía.


Pero no había cortinas en las colinas, ni había colinas, ni el nuevo día en el balcón ni en el balcón a quien quería.


No había amada en el pueblo.
En el pueblo....
Sólo silencio y yagas había en el pueblo entero.





lunes, 14 de marzo de 2011

Cartas desde un campamento guerrero -Cap.1-

-Debería pedir clemencia ahora que mi vida subyuga entre estas paredes de alabastro y vuestra afilada hoja. Porque ahora mi carne será atravesada y la piedad no se conmoverá al escuchar a mi corazón corrompido; ni la piedad ni el paraíso me esperan después de que pase esta noche de lobos hambrientos y campesinos huérfanos, y las trompetas del juicio final esperarán hasta el momento de tocar para ponerle fin a mi batalla eterna en busca de un camino fácil que no es sin embargo correcto. Cuando la sangre deje de recorrer mis venas y el filo brille al otro lado de mi cuerpo me aguardarán las ascuas en los ojos de aquellos que ajusticié a la ligera con mi mano, y cabalgarán sobre mis huesos hasta astillarlos. Más recuerda. Mi mente está igual de afilada. Esta noche, cuando hayas caído rendido por la celebración regresará mi fantasma del pestilente infierno para presentarse ante ti en sueños. Te atormentará cada vez que pliegues los párpados con la visión de las lanzas del averno atravesando mi garganta y los perros de los errantes comiéndose mis carnes crudas mientras sigo agonizando noche tras noche por un solo minuto de sosiego en una eternidad de calamidades. Mátame ahora y cumple con tu deber, y después acuérdate de que ante los jueces del más allá mis pavorosos crímenes de guerra y este asesinato que vas a cometer no se distinguirán de origen, y serás tan despreciable asesino como yo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Carbón

Un hombre trabajaba en una mina. Un hombre honrado, trabajador y humilde, casado joven y con 5 hijos, cenaba con ellos y se duchaba cuando se iban a la cama, para escarbar en busca de carbón en aquel pozo en penumbra cuando estos dormían.

La noche que este hombre murió, la rutina a seguir fue la misma de todas las noches, a pesar de que no terminaría igual, pues su cuerpo quedaría aplastado e irreconocible, irrecuperable, debajo de un desprendimiento de rocas, pocas horas después de comenzar aquella jornada. Los andamiajes mal colocados, una mala planificación de los mapas de trabajo, harían que el yacimiento temblase sobre la maquinaria en funcionamiento y sepultasen la vida de aquel hombre que jamás volvería a salir de aquel agujero.

Cenó con su esposa e hijos, de los cuales el mayor a penas alcanzaba los 11 años, jugó con ellos los pocos minutos que les separaban de las advertencias de una madre que quería acostarlos pronto, y se metió bajo el grifo del agua caliente. Cuando salió, vestido y con la bolsa de la toalla para la mina colgada del hombro, repasó mentalmente lo que debía hacer.

Como cada noche, comenzó a visitar todos los cuartos de sus hijos, ya en sus camas, para despedirse de ellos. Comenzando por la habitación más alejada de la entrada, se sentaba en sus camas y les daba un beso de buenas noches, les decía que les quería, y salía dejando sus puertas entre abiertas. El procedimiento fue el mismo de todas las noches, más aquella, no era una noche como cualquiera de las anteriores. Cuando salió de la última habitación, al lado de la puerta de la calle, llevó la mano al pomo dispuesto a salir. Mas no lo hizo. La noche en la que aquel hombre murió en la mina, tomó el tirador y dudó, unos segundos. Lo soltó y retrocedió. Nuevamente, por segunda vez, entró en el cuarto de cada uno de sus hijos, les dio un beso de buenas noches, les dijo que les quería, volvió a colgarse la bolsa de trabajo al hombro y salió de casa.


martes, 2 de noviembre de 2010

Dentadura

Un jovencísimo Miguel de a penas 23 años había trasnochado con sus amigos animados por el frío de aquella noche de noviembre. Resguardado al calor de las brasas, en la casa del mayor del grupo, jugaban con una baraja desgastada y marcada infinidad de veces hasta que los bordes se cuarteaban y doblaban de forma irreconocible.

Cuando el vino se terminó, Miguel se ofreció a ir a por más. El alcohol había empezado a hacer efecto hacía ya un buen rato y su cara enrojecida y sonriente eran la prueba evidente de que se sentía valiente e inconsciente del viento helado que soplaba fuera. En el camino de tierra limpia, totalmente despejado, sólo se proyectaba la tenue luz de una candela que llevaba consigo. La bajada por el centro del pueblo se le antojaba aburrida, y Miguel decidió inclinar el foco de su candela hacia un desvío, sólo por el placer de hacer el camino un poco más largo, aliviado de que el aire fresco le azotase la cara y despejase su mente embotada. Sus pasos y una canción alegre silbada le llevaron hasta las afueras de la aldea, donde quedaba aplazado el cementerio, siempre a oscuras y perpetuamente en silencio. Lo rodeaba un muro bajo de piedra y una improvisada verja metálica que muchos ya se habían encargado de forzar.

Miguel pasó cerca del muro, y dejó que el brillo tembloroso del foco lamiese las piedras salientes, y se detuvo de pronto cuando algo llamó su atención. La candela dio de lleno en una pieza que, probablemente, no debería estar allí. Una calavera perfecta, blanquísima, quieta y estéril, tratando de pasar desapercibida entre las demás rocas. En las cuencas donde algún día debió haber dos ojos, la luz no entraba. Dos ojos auténticos y negros, invisibles, miraban.
El joven abrió la boca y de su garganta salió una carcajada.

¡Qué buenos dientes tienes! Exclamó contemplando la perfecta dentadura de la calavera, donde no faltaba una pieza y cada una estaba perfectamente tallada. Seguro que van muy bien para comer, siendo así, quedas invitado a la comida de mi boda. Y volvió a reír. Después, dirigió la luz de nuevo hacia el camino y bajó al otro extremo del pueblo en busca de más vino.

Seis meses después, Miguel se casaba con una muchachita con la que llevaba varios años de noviazgo. Una de aquellas uniones que estaban predestinadas desde que se cazaba a los dos jóvenes intercambiando miradas furtivas a espaldas de sus familiares. Sonrisas y pequeñas cartas arrojadas al amanecer después de escribirlas durante toda la noche. Todo el pueblo había sido invitado, pero nadie pudo probar bocado una vez se sentaron ante las amplias mesas decoradas para la ocasión. Como era un pueblo pequeño, todos se conocían allí. Pero la presencia de un extraño perturbó el convite. Había un hombre trajeado de una forma un tanto pasada sentado en una de las mesas centrales. No había intercambiado ni una sola palabra con nadie en toda aquella tarde y comía en total silencio. Ningún invitado había sido capaz de verle el rostro a pesar de ir presuntamente descubierto, y en su cubierto no había comida, pero se lo llecaba a la boca y los pedazos desaparecían de su plato. Una vez pareció terminar de comer. Se levantó con total tranquilidad de la mesa y echó a andar.

Echó a andar hacia la mesa de los novios. Ella no comprendía qué podría estar ocurriendo; él, sin embargo, Miguel, observaba el caminar liviano y silencioso de aquel personaje que se dirigía hacia su asiento. El extraño se paró a escasos centímetros del mantel blanquísimo, y se inclinó suavemente hacia delante, como una mueca o parodia de reverencia no merecida.

Tu me invitaste a tu celebración. Dijo aquel hombre con la vista insípida puesta en el rostro de Miguel. Tendré que devolverte la invitación.


Miguel murió en ese mismo instante. Su corazón estalló dentro de su pecho, y una mueca de dolor y terror desfiguró su rostro de forma imborrable, rígida. Según cuentan sus amigos de toda la vida, los que marcaban las cartas de la baraja con la que jugaban cinco noches a la semana, Miguel se había encontrado con la cara del Demonio aquel día. Y una vez eres invitado, no puedes renunciar.