lunes, 8 de noviembre de 2010

Carbón

Un hombre trabajaba en una mina. Un hombre honrado, trabajador y humilde, casado joven y con 5 hijos, cenaba con ellos y se duchaba cuando se iban a la cama, para escarbar en busca de carbón en aquel pozo en penumbra cuando estos dormían.

La noche que este hombre murió, la rutina a seguir fue la misma de todas las noches, a pesar de que no terminaría igual, pues su cuerpo quedaría aplastado e irreconocible, irrecuperable, debajo de un desprendimiento de rocas, pocas horas después de comenzar aquella jornada. Los andamiajes mal colocados, una mala planificación de los mapas de trabajo, harían que el yacimiento temblase sobre la maquinaria en funcionamiento y sepultasen la vida de aquel hombre que jamás volvería a salir de aquel agujero.

Cenó con su esposa e hijos, de los cuales el mayor a penas alcanzaba los 11 años, jugó con ellos los pocos minutos que les separaban de las advertencias de una madre que quería acostarlos pronto, y se metió bajo el grifo del agua caliente. Cuando salió, vestido y con la bolsa de la toalla para la mina colgada del hombro, repasó mentalmente lo que debía hacer.

Como cada noche, comenzó a visitar todos los cuartos de sus hijos, ya en sus camas, para despedirse de ellos. Comenzando por la habitación más alejada de la entrada, se sentaba en sus camas y les daba un beso de buenas noches, les decía que les quería, y salía dejando sus puertas entre abiertas. El procedimiento fue el mismo de todas las noches, más aquella, no era una noche como cualquiera de las anteriores. Cuando salió de la última habitación, al lado de la puerta de la calle, llevó la mano al pomo dispuesto a salir. Mas no lo hizo. La noche en la que aquel hombre murió en la mina, tomó el tirador y dudó, unos segundos. Lo soltó y retrocedió. Nuevamente, por segunda vez, entró en el cuarto de cada uno de sus hijos, les dio un beso de buenas noches, les dijo que les quería, volvió a colgarse la bolsa de trabajo al hombro y salió de casa.


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