lunes, 6 de junio de 2011

Cartas desde un campamento guerrero -Cap.3-

En medio de los marineros tullidos y de piel sucia y ennegrecida que subían y bajaban por cubierta destacaba, aunque nadie le miraba, un hombre ataviado con una armadura negra, altísimo, cuya cabellera roja se decía quedaba teñida de ese color porque la ungía en las vísceras sanguinolentas de sus enemigos abatidos. Sin embargo, ni su armadura ni sus grandes manos que blandían la bastarda en batalla estaban hechas para ir subidas a aquel monstruo de madera y cadenas que le conducían a un destino quizás mucho peor que ser engullido por las mareas. 
Las tablas crujían con el choque de las olas en aquel caparazón indomable, y también al paso del gigante pelirrojo paseándose por la cubierta con la intención de apartar sus pensamientos de la realidad. Iba subido en un barco, un navío endemoniado que dependía de la fe y horas que hubieran puesto en modelar su estructura, que no había dejado de doblarse y rechinar desde que habían abandonado el puerto.


En medio de sus maldiciones internas que repartía mentalmente entre todos los que le rodeaban y a él mismo por haber tomado aquella estúpida decisión de subir al navío una semana antes, no se percató de que sus pasos, que iba improvisando de uno en uno, le aproximaron a la borda amparada por una balaustrada con restos resecos de lo que antaño debieron ser colores vivos. El guerrero apretó el puño todavía más al rededor de la empuñadura de su espada envainada al notar como la sal subía por sus fosas nasales. Se atrevió a dar un par de pasos más, vacilando inclinó su gigantesco cuerpo de gladiador y las placas de hierro que pendían de él tintinearon. Tratando de clavar los pies en las tablas que se extendían bajo ellos, arrojó la vista hacia abajo, a las revueltas aguas que en aquel lugar se habían vuelto negras, haciendo de espejo a un cielo espeso y agobiante que no apremiaba a una lluvia fresca y apaciguante si no una molesta sensación de angustia para aquellos a los que sus ropas parecían apretarles hasta dejarlos sin respiración.

El guerrero parecía hipnotizado por el ir y venir de las olas. La espuma venenosa que carcomía el casco del barco cuando el agua chocaba contra él y los remolinos que se formaban como bocas hambrientas. Hubiera jurado que allí abajo había demonios llamándole
, incitándole a saltar. Habría sido una muerte segura, inmediata, en aquel mismo momento aquellas gargantas heladas habrían cortado su respiración. Sin embargo el hombre pelirrojo no sentía admiración ni simpatía por aquella metodología infernal que era la pasión por el peligro, si no un miedo paralizante que le hacían dudar de la solidez del suelo que pisaba en aquellos momentos. Se imaginó cayendo. Sentir que la inercia, un golpe o una madera quebrándose le hacían precipitarse sin retorno. Imaginó quedar prendido durante a penas un segundo en la superficie y cómo nada ni nadie podrían servir de ayuda. Su cuerpo envuelto en acero se hundiría rápidamente. Manotearía inútilmente cada vez bajo más metros de agua. La luz del día se estrecharía en un círculo inalcanzable y sus pulmones se llenarían de agua. Quedaría envuelto en la más absoluta oscuridad y la armadura le oprimiría como si se la hubieran fijado a la piel con fuego.
La boca abierta en el agua enturbiada se cerró de golpe y la llamada de aquellos demonios se quedó resonando en sus oídos taponados. La barbilla le vibró de rabia y se separó de golpe de la balaustrada
, asustado, tratando de despegarse de sus más primarias fobias. Con el corazón latiéndole a la altura de la garganta y dificultándole la respiración echó a andar nuevamente por la cubierta manoseando nerviosamente el hierro de la empuñadura.

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