viernes, 1 de abril de 2011

Cartas desde un campamento guerrero -Cap.2-

Buenos días, rezaba el caballero.


Buenos días, amada mía, y el caballero sonreía.


En su pierna golpeaba la funda vacía de una espada vacía. La humareda le dibujaba la silueta de quien quería. Alargaba las manos quemadas y feliz le decía:


Ya casi estoy amada mía. Como cada noche en sueño te prometía. No habrá guerra que me impida buscarte, en vida, en la hora de la victoria, ahora que es un nuevo día. Ese sol que brilla y busca tu ventana por encima de las colinas es mi alma adormecida. Ya voy amada. Acude al balcón donde ayer te quería, subiré alargando mi mano, y mi victoria como regalo, brindaré con la mano tendida.


Mas el cegado caballero no veía, no entendía. Las siluetas en la humareda desaparecían. En amor se disolvía. Y la espada ausente a su victoria no respondía. 
Alargaba las manos ennegrecidas a los fantasmas que quería.


Buenos días, amada mía, el caballero siempre decía.


Pero no había cortinas en las colinas, ni había colinas, ni el nuevo día en el balcón ni en el balcón a quien quería.


No había amada en el pueblo.
En el pueblo....
Sólo silencio y yagas había en el pueblo entero.





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