lunes, 6 de junio de 2011

Lluvia

A las 11 de la mañana de aquel día los nubarrones y la lluvia que no había dejado de caer desde hacía días con un ritmo constante hacían que pareciese estar atardeciendo. El sentimiento de Alejandro por las finas gotas de lluvia se tornó agradecimiento, pues la rasgadura tirante que tenía por dentro, bajo la piel y sobre el alma, se veía levemente calmada al resbalar el agua por su piel y empapar su ropa. Su padre había muerto hacía cuatro días, sorprendiéndole en la otra punta del país cumpliendo con la jornada militar. Una llamada telefónica inmediata le concedieron el resto de la semana de permiso más los días que necesitase para recomponerse, aunque no los llegó a pedir.

Junto con su esposa Sofía cruzaron el mapa en el primer tren de la mañana, pues la mujer se negaba a permitir que condujese el vehículo durante tanto trayecto y en aquel estado. A penas una hora antes habían dejado la estación y pedido un taxi que los llevó hasta el lugar donde el difunto esperaba ser velado por su único pariente vivo. Un hijo joven que había quedado huérfano y desprovisto de más familiares de su sangre. La sensación de soledad en aquel mundo de lluvia otoñal hicieron de la rasgadura una brecha de cantos serrados pegados a sus vulnerables vísceras.

Al salir del velatorio un matrimonio de aproximadamente la edad que tenía su padre fueron al encuentro de Alejandro para abrazarle. No hicieron falta palabras de sus vecinos de toda la vida, y el muchacho tan sólo pudo dedicarles una sonrisa aireada. Aquellas dos personas habían estado cuidando de su padre en vida los últimos nueve años a medida que la enfermedad se extendía y lo incapacitaba. Los últimos meses habían estado llevando de un lado para otro a un vegetal que oía las conversaciones y las comprendía, que lamentaba no su estado si no ser una carga. Que lo vestían y lavaban, que trataban de estimularle durante horas hasta ser capaces de hacer que separase mínimamente los labios para que comiese. El padre de Alejandro y aquel matrimonio habían sido niños pequeños que crecieron puerta con puerta, desde siempre, en el mismo pueblo con el mismo pavimento de cantos rodados serpenteando a través del pueblo. El anciano llevó una mano al brazo del muchacho y le dio un apretón reconfortante cuando notó que intentaba levantar la cabeza con alguna palabra amable que decirles. Después de aquello le condujeron a la casa en la que había nacido y se había criado. 

Sentados en la mesa de la cocina Alejandro creyó viajar atrás en el tiempo durante algunos minutos. Su madre había muerto cuando él era muy pequeño, aunque podía recordarla. Recordaba a sus padres en aquellos cuartos y las ventanas abiertas para que saliesen los vapores de las ollas. Los muebles seguían siendo los mismos que por aquel entonces. Después de que su madre se fuera, su padre no había querido cambiar absolutamente nada. Las paredes estaban impregnadas de amor, pero ni el amor ni las capas de pintura y barniz podían hacer que la ausencia fuera un tremendo agujero que le cruzaba de lado a lado.

Tienes aquí todo. Aseguró el anciano sentado en la mesa, colocándose dificultosamente unas lentes con las que pretendía leer las tapas de la carpeta nacarada. Tu padre nos dio esto con la intención de dejártelo en herencia. No tenía mucho más. Los papeles de la casa y el terreno.

Alejandro respiró con pesadez y cruzó las manos sobre la mesa, observando la carpeta. Notó la mano de su mujer, detrás, frotándole con suavidad la espalda, y después levantó la vista de nuevo al matrimonio, visiblemente abatidos por aquella pérdida. En los últimos años las visitas se habían alargado lo suficiente como para que descuidaran su propia casa. El enfermo terminal no quería jamás ayuda, pero terminó por no tener más opción que aceptarla, y pacientemente habían cuidado de él. Alejandro estiró la mano, pero sólo tocó la carpeta para alejarla de él, volviendo a dejarla frente al hombre que levantaba las cejas sin comprender. El muchacho les habló.

No puedo vivir aquí, como sabéis. Mi intención era vender la casa. Gastarme el dinero... Pero no quiero que la casa de mis padres y lugar donde nací termine así. Es vuestra casa. La vivisteis más que yo y sin duda también os la merecéis más.

El matrimonio se quedó perplejo. No se molestaron en fingir, y sonrieron complacidos, enrojecieron de placer la mujer se secó las lágrimas tocándose las mejillas con la esquina de la blusa. Tampoco hubo más palabras en aquel instante.

Alejandro y Sofía se fueron a las pocas horas pues el último tren iba a salir. Sólo entonces cuando pisaron el andén húmedo por la lluvia cayó en la cuenta, y miró a su mujer, la cual le había estado observando incesante.

Lo siento... Mustió el joven. No se si he... ¿he hecho bien? No te he preguntado nada...

Sofía alargó las manos al rostro de su marido y lo acarició con ternura, de forma maternal. Después sonrió suspirando conmovida. 


Cartas desde un campamento guerrero -Cap.3-

En medio de los marineros tullidos y de piel sucia y ennegrecida que subían y bajaban por cubierta destacaba, aunque nadie le miraba, un hombre ataviado con una armadura negra, altísimo, cuya cabellera roja se decía quedaba teñida de ese color porque la ungía en las vísceras sanguinolentas de sus enemigos abatidos. Sin embargo, ni su armadura ni sus grandes manos que blandían la bastarda en batalla estaban hechas para ir subidas a aquel monstruo de madera y cadenas que le conducían a un destino quizás mucho peor que ser engullido por las mareas. 
Las tablas crujían con el choque de las olas en aquel caparazón indomable, y también al paso del gigante pelirrojo paseándose por la cubierta con la intención de apartar sus pensamientos de la realidad. Iba subido en un barco, un navío endemoniado que dependía de la fe y horas que hubieran puesto en modelar su estructura, que no había dejado de doblarse y rechinar desde que habían abandonado el puerto.


En medio de sus maldiciones internas que repartía mentalmente entre todos los que le rodeaban y a él mismo por haber tomado aquella estúpida decisión de subir al navío una semana antes, no se percató de que sus pasos, que iba improvisando de uno en uno, le aproximaron a la borda amparada por una balaustrada con restos resecos de lo que antaño debieron ser colores vivos. El guerrero apretó el puño todavía más al rededor de la empuñadura de su espada envainada al notar como la sal subía por sus fosas nasales. Se atrevió a dar un par de pasos más, vacilando inclinó su gigantesco cuerpo de gladiador y las placas de hierro que pendían de él tintinearon. Tratando de clavar los pies en las tablas que se extendían bajo ellos, arrojó la vista hacia abajo, a las revueltas aguas que en aquel lugar se habían vuelto negras, haciendo de espejo a un cielo espeso y agobiante que no apremiaba a una lluvia fresca y apaciguante si no una molesta sensación de angustia para aquellos a los que sus ropas parecían apretarles hasta dejarlos sin respiración.

El guerrero parecía hipnotizado por el ir y venir de las olas. La espuma venenosa que carcomía el casco del barco cuando el agua chocaba contra él y los remolinos que se formaban como bocas hambrientas. Hubiera jurado que allí abajo había demonios llamándole
, incitándole a saltar. Habría sido una muerte segura, inmediata, en aquel mismo momento aquellas gargantas heladas habrían cortado su respiración. Sin embargo el hombre pelirrojo no sentía admiración ni simpatía por aquella metodología infernal que era la pasión por el peligro, si no un miedo paralizante que le hacían dudar de la solidez del suelo que pisaba en aquellos momentos. Se imaginó cayendo. Sentir que la inercia, un golpe o una madera quebrándose le hacían precipitarse sin retorno. Imaginó quedar prendido durante a penas un segundo en la superficie y cómo nada ni nadie podrían servir de ayuda. Su cuerpo envuelto en acero se hundiría rápidamente. Manotearía inútilmente cada vez bajo más metros de agua. La luz del día se estrecharía en un círculo inalcanzable y sus pulmones se llenarían de agua. Quedaría envuelto en la más absoluta oscuridad y la armadura le oprimiría como si se la hubieran fijado a la piel con fuego.
La boca abierta en el agua enturbiada se cerró de golpe y la llamada de aquellos demonios se quedó resonando en sus oídos taponados. La barbilla le vibró de rabia y se separó de golpe de la balaustrada
, asustado, tratando de despegarse de sus más primarias fobias. Con el corazón latiéndole a la altura de la garganta y dificultándole la respiración echó a andar nuevamente por la cubierta manoseando nerviosamente el hierro de la empuñadura.