En el preciso momento en el que noté como se abría una fisura en esa coraza invisible que todos nos empeñamos en tejernos en mayor o menor medida para defendernos de los ataques imprevistos a nuestra imperfecta humanidad, no sentí debilidad ni vulnerabilidad algunas. Mi alma se sonrió a sí misma y se hizo tan nítida y palpable que creía brillar por dentro. Me hice grande y fuerte, y mi carne se volvió blanda y translúcida, capaz de soportar sin inmutarse lo más mínimo a que la traspasasen del modo más cruel jamás concebido. En aquel momento habría dado igual.
Ocurrió en el preciso momento en el que mi madre cambió el tema de conversación aprovechando que estábamos hablando de todo un poco. De todo sobre lo que normalmente no se habla. Pasó cuando nombró a mi difunto padre y al que no me gusta que ella me nombre dada la fragilidad del momento y los sentimientos. Debido a la ausencia que sería palpable para siempre y que aquí, aunque de maneras distintas, todos sentimos.
Y pasó porque al hacerlo ella sonrió. De una forma distinta a las anteriores que me animó a seguir la conversación sin tener que hundir la cabeza para no recordar momentos dolorosos.
"Estoy muy orgullosa de todas mis hijas y no me arrepiento jamás de ninguna de vosotras. Tu padre no tenía hermanos, ni tíos." me dijo. "Ni tampoco padres claro, tu no llegaste a conocer a tus abuelos. Yo ya tenía tres niñas cuando le conocí, pero él estaba solo. Su apellido se quedaría con él. Su sangre no perduraría, su carne, todo él. Yo no tenía nada para darle. No tenía ni dinero, ni terrenos ni posesiones valiosas. Sólo estaba yo con mis tres hijas y quería darle algo. Algo valiosísimo e importante que fuera solamente suyo. Y le di una hija, tú. Tú fuiste el regalo que le hice para agradecerle que apareciese en mi vida. Eres el significado y la representación de todo lo que me quiso y de todo el amor que me dio. Y eres maravillosa."
martes, 10 de mayo de 2011
sábado, 7 de mayo de 2011
Una grieta en las sábanas
Cuando el cuerpo yacía sin vida y violentamente mutilado sobre la espesa alfombra que absorbía lentamente la sangre rezumante, la barra de hierro que había utilizado resbaló mal colocada por la pared y golpeó uno de los estantes con libros. Algunos de ellos se vinieron al suelo y uno cayó sobre el cadáver. Ulises lo recogió con calma y miró la tapa cubierta de sangre. Leyó el título escrito en letras plateadas: "Una grieta en las sábanas". Ulises sonrió. Había leído aquella novela de detectives hacía varios años y recordaba que la historia central giraba en torno a la vida de un psicópata asesino caníbal. Con el libro en la mano arrojó nuevamente la vista al cuerpo desmembrado con el que se había cebado y sosegado su histeria paranoide. Entonces su sonrisa se volvió una sádica y diabólica mueca de diversión. Había tenido una idea.
Carbón quemado
Habían pasado ya varios meses desde que el joven minero había dejado sepultada la carne y la vida bajo un desafortunado accidente en aquella grieta subterránea. Un desprendimiento fatal que habría podido evitar si hubiera tenido la perspicacia de interpretar todas aquellas coincidencias y sucesos extraños acontecidos horas antes de la muerte, y que cuidadosamente leídos después habían parecido ser un detallado mapa avisando de lo que iba a pasar. Ese tipo de cosas que uno ve si quiere justo después de que todo pase, y que la costumbre popular las convierte en una perfecta y meticulosa red conspirativa del destino.
Sus cinco huérfanos seguían acostándose temprano y se dormían solos sin el beso de buenas noches que su padre les daba antes de ir a trabajar. La casa estaba lúgubre. Los niños guardaban un riguroso y estricto luto impuesto por una viuda fanática y desorientada.
Y sin embargo había algunas cosas y otras costumbres que no se habían disuelto junto con la irrecuperable pérdida.
El único varón de los hijos y el segundo mayor de los cinco contaba con catorce años y dormía solo en el primer cuarto de la casa, el más próximo a la puerta de entrada. Cuando su padre vivía e iba a trabajar. Era el último en recibir el beso de buenas noches, y el primero en recibir el de bienvenida cuando volvía del trabajo y repetía la misma operación, esta vez con la ropa sucia impregnada en sudor, tierra y carbonilla.
Durante aquellos meses después de su muerte, el niño se había estado despertando todas las noches cerca de la madrugada de un sobresalto. Una presión en el pecho le impedía respirar y pegaba un brinco en la cama volviendo en sí. Cuando abría los ojos oía la cerradura de la puerta de la calle y a alguien fuera haciéndola saltar con una llave. Se abría despacio y después se cerraba. Acto seguido la manilla de su puerta se movía lentamente, se desencajaba y la puerta se abría despacio como si alguien quisiera entrar sin despertar a quien morase dentro.
El niño lloraba todos los días y corría junto a su madre y despertaba a sus hermanos. Decía que el fantasma de su padre volvía todas las noches de trabajar y pretendía entrar en su cuarto. La respuesta a aquello era el contagio del miedo a sus otras hermanas, y una explicación cansada y triste de una madre diciéndoles que su padre quería despedirse de ellos. Sólo una de las hijas sentía interés por aquello.
La niña en cuestión tenía tres años menos que su hermano, y al contrario que los demás no sentía ese temor de saber que un alma en pena recorría los pasillos de la casa. Se preguntaba por qué su hermano le tenía miedo a su padre. Él jamás les había hecho daño alguno en vida, ¿por qué iba a hacerlo ahora? ¿Y por qué querría despedirse sólo de él? Cruzaba los brazos enfadada y celosa de aquella absurda predilección entre hijos.
Aquellos hermanos vieron pasar los años, y la niña, ya adulta, encontró la respuesta a su pregunta. De vez en cuando se acordaba de su padre y le añoraba. De vez en cuando soñaba con él, cada cierto tiempo durante todos los años que vivió después. En uno de aquellos sueños su padre, ya un hombre anciano, llamaba a su puerta una tarde primaveral, se saludaban con alegría y salían al patio a tomar algo sentados al sol donde charlar tranquilamente de cómo les había tratado la vida en las últimas dos semanas.
Un día cualquiera regando las plantas del jardín la mujer recordó ese sueño y se sonrió a si misma. Perdonó a su hermano y se perdonó a sí misma por haberse sentido celosa. Su padre jamás había entrado en su habitación a despedirse de ella porque en realidad jamás se había ido.
Estaban envejeciendo juntos.
Sus cinco huérfanos seguían acostándose temprano y se dormían solos sin el beso de buenas noches que su padre les daba antes de ir a trabajar. La casa estaba lúgubre. Los niños guardaban un riguroso y estricto luto impuesto por una viuda fanática y desorientada.
Y sin embargo había algunas cosas y otras costumbres que no se habían disuelto junto con la irrecuperable pérdida.
El único varón de los hijos y el segundo mayor de los cinco contaba con catorce años y dormía solo en el primer cuarto de la casa, el más próximo a la puerta de entrada. Cuando su padre vivía e iba a trabajar. Era el último en recibir el beso de buenas noches, y el primero en recibir el de bienvenida cuando volvía del trabajo y repetía la misma operación, esta vez con la ropa sucia impregnada en sudor, tierra y carbonilla.
Durante aquellos meses después de su muerte, el niño se había estado despertando todas las noches cerca de la madrugada de un sobresalto. Una presión en el pecho le impedía respirar y pegaba un brinco en la cama volviendo en sí. Cuando abría los ojos oía la cerradura de la puerta de la calle y a alguien fuera haciéndola saltar con una llave. Se abría despacio y después se cerraba. Acto seguido la manilla de su puerta se movía lentamente, se desencajaba y la puerta se abría despacio como si alguien quisiera entrar sin despertar a quien morase dentro.
El niño lloraba todos los días y corría junto a su madre y despertaba a sus hermanos. Decía que el fantasma de su padre volvía todas las noches de trabajar y pretendía entrar en su cuarto. La respuesta a aquello era el contagio del miedo a sus otras hermanas, y una explicación cansada y triste de una madre diciéndoles que su padre quería despedirse de ellos. Sólo una de las hijas sentía interés por aquello.
La niña en cuestión tenía tres años menos que su hermano, y al contrario que los demás no sentía ese temor de saber que un alma en pena recorría los pasillos de la casa. Se preguntaba por qué su hermano le tenía miedo a su padre. Él jamás les había hecho daño alguno en vida, ¿por qué iba a hacerlo ahora? ¿Y por qué querría despedirse sólo de él? Cruzaba los brazos enfadada y celosa de aquella absurda predilección entre hijos.
Aquellos hermanos vieron pasar los años, y la niña, ya adulta, encontró la respuesta a su pregunta. De vez en cuando se acordaba de su padre y le añoraba. De vez en cuando soñaba con él, cada cierto tiempo durante todos los años que vivió después. En uno de aquellos sueños su padre, ya un hombre anciano, llamaba a su puerta una tarde primaveral, se saludaban con alegría y salían al patio a tomar algo sentados al sol donde charlar tranquilamente de cómo les había tratado la vida en las últimas dos semanas.
Un día cualquiera regando las plantas del jardín la mujer recordó ese sueño y se sonrió a si misma. Perdonó a su hermano y se perdonó a sí misma por haberse sentido celosa. Su padre jamás había entrado en su habitación a despedirse de ella porque en realidad jamás se había ido.
Estaban envejeciendo juntos.
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