viernes, 1 de abril de 2011

El cauce

Recuerdo una historia con preocupante frecuencia cada vez que me preguntan si recuerdo alguna anécdota interesante o inquietante, o alguna leyenda urbana o historia popular. Después de mantenerme unos segundos en silencio tratando de averiguar si puedo verter algo de sensatez a una improvisada noche de brujas poco profesional, esbozo sin querer una sonrisa mediada, algo amarga y nerviosa, pero ansiosa al mismo tiempo. "Tengo una historia que contar" anuncio triunfalmente sabiendo de antemano que participaré en la recreación de aquel ambiente turbulento. Y con un poco de suerte nadie me interrumpirá.


Una calle empinada en pleno centro de una ciudad era iluminada por las luces de los coches que subían y bajaban, cerca de la media noche. Era habitual era ver como un automóvil aceleraba cuando el semáforo se ponía en ámbar. Lo lógico sería aminorar la marcha y detenerse porque todos sabemos que vamos a tener que parar, pero la teoría tan sólo existe para que seamos conscientes de que lo que hacemos está mal.
Un coche aceleraba en el último momento cuando el color se fijó en el naranja, justo cuando comenzaba la empinada bajada. Las luces de los faros quemaron el asfalto brillante por las farolas y la demás iluminación de los edificios, y un coche que subía se percató de que algo no iba bien. El auto que bajaba estaba yendo a toda velocidad invadiendo su mismo carril. La esposa del conductor, que viajaba a su lado, tocó el brazo de su marido y dijo suavemente su nombre tratando de avisarle del peligro para que se apartara. El coche ascendente giró suavemente y se apartó lo suficiente para evitar un accidente y continuó su camino. Sin embargo a los pocos segundos oyeron un fuerte estruendo metálico. Por sus cabezas cruzó rápidamente la idea del coche que bajaba a toda velocidad perdiendo el control y chocándose frontalmente. 


Inmediatamente, nada más llegar al final de la subida, el matrimonio paró el vehículo y se bajó de él para averiguar qué había ocurrido. Más abajo, detrás de un telón de gente que rápidamente se había agolpado al rededor de la carretera, el coche que había ido peligrosamente por el carril contrario se encontraba en medio de la vía totalmente deshecho. Como un acordeón de hierro mascado. Milagrosamente el conductor había salido ileso y, nervioso, se dirigó rápidamente hacia la pareja que bajaba para comprobar lo sucedido. En sus manos llevaba los papeles del seguro y temblaba y sudaba espantado.


En principio nadie comprendía qué había ocurrido exactamente, pero después de saber que el joven se encontraba bien, todo el mundo se centraba en el matrimonio. Este no comprendía qué estaba pasando hasta que el muchacho les dijo incrédulo: "Pero he chocado contra vosotros..."
El conductor frunció el ceño y miró hacia arriba, a la carretera, y le señaló su coche aparcado en lo alto.
Todo el mundo en la calle momentos antes se había llevado las manos a la cabeza al ver como claramente los dos coches colisionaban frontalmente. Sin embargo en medio de la carretera sólo estaba el del joven.


El matrimonio volvió a subir andando calle arriba y se metió en el coche sin participar más en aquella discusión. El hombre, pálido y con una evidente expresión de incomodidad, pidió que jamás se volviera a hablar de aquello. Nunca.


Después de contarlo asiento con la cabeza y miro a mis compañeros. Los más emocionalmente sensibles tratan de ponerse en la situación y otros intentan averiguar si hay más historia. Yo abro la boca con predisposición a decir algo más pero una nueva media sonrisa, esta vez victoriosa, me silencia. "Bueno..." mascullo "Y eso es todo."
¿Me creerían si les dijera que aquel matrimonio se trataba de mis padres, y que aquello había ocurrido 5 meses antes de que yo naciese?

Cartas desde un campamento guerrero -Cap.2-

Buenos días, rezaba el caballero.


Buenos días, amada mía, y el caballero sonreía.


En su pierna golpeaba la funda vacía de una espada vacía. La humareda le dibujaba la silueta de quien quería. Alargaba las manos quemadas y feliz le decía:


Ya casi estoy amada mía. Como cada noche en sueño te prometía. No habrá guerra que me impida buscarte, en vida, en la hora de la victoria, ahora que es un nuevo día. Ese sol que brilla y busca tu ventana por encima de las colinas es mi alma adormecida. Ya voy amada. Acude al balcón donde ayer te quería, subiré alargando mi mano, y mi victoria como regalo, brindaré con la mano tendida.


Mas el cegado caballero no veía, no entendía. Las siluetas en la humareda desaparecían. En amor se disolvía. Y la espada ausente a su victoria no respondía. 
Alargaba las manos ennegrecidas a los fantasmas que quería.


Buenos días, amada mía, el caballero siempre decía.


Pero no había cortinas en las colinas, ni había colinas, ni el nuevo día en el balcón ni en el balcón a quien quería.


No había amada en el pueblo.
En el pueblo....
Sólo silencio y yagas había en el pueblo entero.